El ámbito de identidad profesional implica los conocimientos, habilidades y disposiciones en torno a la construcción de conocimientos profesionales sobre contenidos deseables y asumidos del sujeto enseñante, al tiempo que disponer de competencias para el ejercicio de la Profesión (Bolívar, 2006). 

La Identidad Profesional se comprende cómo el concepto que los docentes construyen de sí en relación a su trabajo y profesión, presentándose como conjunto de conocimientos, creencias, emociones e interpretaciones que se desarrollan a lo largo de la experiencia formativa y profesional (Ávalos, Cavada, Pardo y Sotomayor, 2010; Korthagen, 2010)  y donde la formación debe permitirles comprender la cultura escolar dentro de los centros educativos, conectarse con ella de forma auténtica, reconocer las necesidades e intereses de familias y comunidades (Zeichner, 2010)y construyendo relaciones de colaboración con la comunidad educativa.

 

La construcción de la identidad profesional docente es dinámica, siendo esencial la interacción social, donde la representación social y la aceptación de uno mismo en ese espacio, van configurándola (Nías, 1989; Zabalza, 2012; Day y Gu, 2012). 

 

El desarrollo de la identidad docente se reconoce en un ethos profesional, estableciendo un compromiso con su rol social y formador (Gupta y Kulshereshtha, 2009), con la docencia y su carácter público y transformador, promotor de una cultura inclusiva, capaz de valorar y respetar la diversidad tanto al interior como al exterior de los centros educativos. El docente durante su proceso formativo es interpelado para apropiarse de valores como la promoción de la calidad y equidad de los aprendizajes bajo prácticas democráticas y en colaboración con la comunidad, basadas en relaciones de reciprocidad y de alta expectativas académicas, situadas en el contexto real de la comunidad y sus condiciones, en ese sentido el docente debe vivir y pensar la realidad (Cochran-Smith et al, 2009; Sleeter et al, 2016). Este compromiso profesional, les potencia prácticas reflexivas sobre su quehacer, promueve la identificación de sus necesidades formativas y posicionarse desde su identidad y trabajo como promotores de cambios que tendrán impacto significativo en sus alumnos e instituciones en las cuales trabajarán (Day, 2007), siendo impulsados por comprensiones ético-morales de su profesión, de sí y del otro, configurándose como un sujeto en potencia con sentido de pertenencia a una comunidad experta.